Mientras Guanajuato enfrenta violencia, pobreza y desgaste social, el gobierno decidió que también hacía falta… frituras, souvenirs y un espectáculo itinerante.
El primer informe de gobierno de la gobernadora Libia Dennise García Muñoz Ledo no solo buscó rendir cuentas. También dejó claro que, en Guanajuato, explicar la realidad puede ser… costoso. En total, el ejercicio alcanzó los 12.3 millones de pesos, colocándose como el más caro entre los estados que hicieron públicos sus gastos.
La cifra incluye la realización de cuatro eventos regionales, con producción técnica completa, logística, difusión y atención a asistentes. Hasta ahí, podría parecer parte de cualquier informe. El detalle empieza cuando se revisa cómo se tradujo ese “acercamiento con la ciudadanía”.
Porque no solo hubo escenarios, luces y discursos. También hubo tacos, frituras, nieves, elotes, palomitas… y algodones de azúcar. Sí, algodones de azúcar. Todo dentro de servicios que, en conjunto, alcanzaban costos de cientos de miles de pesos por evento. Como si la rendición de cuentas necesitara, además de cifras, un poco de sabor.
A esto se sumaron miles de souvenirs: gorras, sombrillas, bolsas y hasta discos voladores con imagen institucional. Porque si algo puede ayudar a entender el estado que guarda la administración… es un frisbee. El gobierno estatal ha defendido el formato bajo una lógica de cercanía: llevar el informe a distintas regiones para que más personas puedan acceder a él. Y sí, en términos logísticos, lo lograron.

El problema no es que se haya acercado el informe. Es lo que se decidió poner alrededor. En un estado que sigue enfrentando niveles altos de violencia, desigualdad y desgaste social, el tamaño del gasto no pasa desapercibido. No por el informe en sí, sino por el contraste que genera.
Porque mientras la realidad exige respuestas, el mensaje se envuelve en producción. Mientras afuera hay incertidumbre, adentro hay logística. Y mientras se habla de resultados… también hay menú.
El debate, entonces, deja de ser técnico. No es solo cuánto se gastó, sino cómo se eligió hacerlo. Porque en política, como en cualquier escenario, la forma también comunica. Y en este caso, lo que se comunicó no fue solo un informe.
Fue una forma de entender —y de administrar— la distancia entre el discurso y la realidad.

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