El caso de Germán, estudiante universitario que hoy permanece en coma tras ser brutalmente golpeado por defender a su mejor amiga de un grupo de acosadores, ya no es solo una nota roja. Es un espejo incómodo de lo que estamos dejando de enseñar como sociedad.
Germán hizo lo que muchos discursos presumen y pocos practican: puso un límite, defendió al otro, actuó desde la empatía. La respuesta fue una golpiza salvaje que lo dejó con traumatismo craneoencefálico severo. La violencia, una vez más, fue ejercida en grupo, sin freno, sin miedo y sin conciencia.
En este contexto, la Universidad Iberoamericana León emitió un pronunciamiento público en el que expresó su consternación por los hechos y condenó de manera enérgica cualquier forma de violencia. Más allá del mensaje institucional, el comunicado coloca el debate donde debe estar: en la dignidad humana, el respeto y la urgencia ética de reconstruir el tejido social.
“La normalización de prácticas que atentan contra la vida, la integridad y los derechos de las personas no puede aceptarse”, señala el documento, subrayando que estos hechos interpelan a toda la sociedad, no solo a quienes los protagonizan.
Y ahí está el fondo del problema: jóvenes capaces de golpear hasta dejar inconsciente a otro ser humano no surgen de la nada. Son el resultado de entornos donde se diluyeron los límites, donde la violencia se volvió lenguaje cotidiano y donde el cuidado del otro dejó de ser un valor central.
Mientras Germán permanece hospitalizado, su familia enfrenta no solo la angustia médica, sino la brutalidad de saber que hacer lo correcto hoy puede costar la vida. La propia universidad manifestó su solidaridad y acompañamiento a la familia, reconociendo que el daño no es solo físico, sino profundamente humano.
Este caso no exige solo justicia legal; exige una reflexión colectiva. ¿En qué momento dejamos de formar carácter? ¿Cuándo se volvió normal acosar, golpear, humillar? ¿Por qué defender a alguien se convirtió en un acto de alto riesgo?
Como advierte el pronunciamiento universitario, el respeto, el cuidado de las personas y la resolución pacífica de los conflictos no son valores aspiracionales: son urgencias éticas impostergables.
Germán hoy representa una contradicción dolorosa: quien actuó con valores está entre la vida y la muerte; quienes eligieron la violencia crecieron en una cultura que no supo —o no quiso— corregirlos a tiempo. La pregunta ya no es solo qué pasó, sino qué estamos fallando en enseñar antes de que sea demasiado tarde.
Comunicado IBERO León


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